Mucho antes de que existieran los colmillos de plástico, en las aldeas de Rumanía y los Balcanes ya se cerraban las puertas con ajo. El vampiro moderno, el de capa y castillo, es un invento de la literatura. El de verdad era más raro, más cercano y bastante más hambriento: dormía bajo la tierra del pueblo, conocía a los vecinos por su nombre y volvía a casa.
El strigoi: el muerto que no se queda quieto
En Rumanía se llama strigoi. La palabra viene del latín strix o striga, el ave nocturna que los romanos asociaban al búho y a las brujas, y está emparentada con el verbo rumano a striga, gritar. Es un nombre que suena a lo que hace la criatura.
Lo curioso es que había dos clases. Los strigoi muertos se levantaban de la tumba, cambiaban de forma, se volvían invisibles y se alimentaban de la vida de los suyos. Pero también existían los strigoi vivos: personas de carne y hueso que llevaban la marca desde que nacían. Según los folcloristas del siglo XIX, podía serlo el séptimo hijo del mismo sexo de una familia, o alguien con la columna alargada como una cola y cubierta de vello. En algunas zonas se les conocía también como moroi.

Contra ellos se usaba lo que había en la cocina: ajo y cebolla, que el strigoi no soporta. Se colgaban trenzas de ajo en las casas. Si con eso no bastaba, la tradición recogía remedios más drásticos: clavar en el corazón una estaca de roble, tejo o fresno, enterrar el cuerpo boca abajo o quemarlo.
El vârcolac: el lobo que se come la luna
Si el strigoi es el muerto que vuelve, el vârcolac es la bestia. En el folclore rumano es un hombre que de noche se transforma en lobo sin perder del todo sus rasgos humanos y que mata sin descanso: el hombre lobo de los Cárpatos. Pero su leyenda tiene una escala mucho mayor: se decía que los vârcolaci subían al cielo y se tragaban el sol y la luna. Cuando había un eclipse, en los pueblos sabían quién estaba mordiendo. La palabra es pariente del búlgaro vǎrkolak, y de ahí viene también el vrykolakas griego: el mismo monstruo cambia de forma según la frontera que cruza.

La noche de San Andrés, el Halloween rumano
Si Rumanía tiene una noche de miedo, no es el 31 de octubre: es la víspera de San Andrés, del 29 al 30 de noviembre, cuando empieza el invierno. Esa noche, según la tradición, los strigoi salen del cuerpo por la puerta o la chimenea, se revuelcan tres veces en el suelo para convertirse en animales y se reúnen en los cruces de caminos para pelear entre ellos. El 30 de noviembre es además «el día del lobo»: no se pronunciaba la palabra y se evitaba viajar.
En las casas, la defensa era una fiesta. Se ponían cabezas de ajo sobre la mesa, con velas e incienso, se comía hasta el amanecer y alguien vigilaba el ajo toda la noche, porque si te lo robaban, mala suerte. Después se llevaba a bendecir a la iglesia y se guardaba junto a los iconos. Las chicas solteras comían pan muy salado antes de dormir, con la esperanza de soñar con el hombre que les traería agua.

En primavera, la víspera de San Jorge (23 de abril) era otro momento de peligro. Las casas se adornaban con hojas verdes, con levístico y con ajo para que no entraran los strigoi.
El strigoi en la literatura

El strigoi salió de la aldea gracias a los libros. Bram Stoker nunca pisó Rumanía. Una parte de lo que sabía venía de una escocesa, Emily Gerard, que vivió entre 1883 y 1885 en Sibiu y Brașov, donde su marido estaba destinado. En 1885 publicó el ensayo Transylvanian Superstitions en la revista The Nineteenth Century, y ahí Stoker encontró la palabra nosferatu para el no muerto. Drácula se publicó doce años después, en 1897.

En Rumanía, el strigoi ya tenía poeta propio. Mihai Eminescu, el gran poeta nacional, le dedicó el poema Strigoii, una historia de amor más allá de la tumba: el guerrero Arald pierde a su novia, Maria, y suplica a un adivino pagano que se la devuelva. Ella vuelve, pero los dos quedan atrapados entre la vida y la muerte, y la tierra se los traga al amanecer. El compositor Nicolae Bretan lo convirtió en ópera, Arald.
En 1936, Mircea Eliade, el historiador de las religiones, publicó Domnișoara Christina (La señorita Christina): una novela de terror en una casa de campo aislada a finales de otoño, donde el espíritu de Christina, una strigoaică, sigue imponiendo su voluntad a los vivos entre un olor persistente a violetas. Se ha llevado al cine al menos dos veces, en 1992 y en 2013.

Y el strigoi sigue vivo en la ficción juvenil: en la saga Vampire Academy, de Richelle Mead, los moroi son los vampiros «buenos» y los strigoi, los no muertos de los que todos huyen. Dos palabras de pueblo rumano convertidas en bestseller.
Serbia, 1732: el vampiro llega a los periódicos
La palabra «vampiro» se hizo famosa en Europa por un caso serbio. Arnold Paole, un antiguo hajduk del pueblo de Medveđa, murió hacia 1725 al caerse de un carro de heno. En el invierno de 1731 empezaron a morir vecinos y el pueblo lo culpó a él. Una comisión austriaca con el cirujano militar Johann Flückinger abrió las tumbas el 7 de enero de 1732 y dijo encontrar cuerpos sin descomponer; los decapitaron, los quemaron y echaron las cenizas al río Morava. El informe, firmado en Belgrado el 26 de enero de 1732, se reimprimió por toda Europa, y el vampiro balcánico pasó de las aldeas a los salones ilustrados.
Grecia: no abras a la primera
En Grecia el no muerto se llama vrykolakas, el primo del vârcolac. Según la tradición, llama a la puerta de noche y dice tu nombre. Si respondes, mueres a los pocos días y te conviertes en uno de ellos; si no contestas, se va. Por eso en algunos pueblos griegos se enseñaba a no abrir hasta la segunda llamada. Para entretenerlo se echaban granos de mijo, semillas de amapola o arena sobre la tumba: el vrykolakas tenía que contarlos uno por uno y se le iba la noche.
Albania: la shtriga
La bruja albanesa, la shtriga, comparte raíz con la strega italiana y la strigă rumana. Era una mujer que de noche bebía la sangre de los bebés dormidos y podía convertirse en polilla, mosca o abeja. Solo ella podía curar a su víctima, escupiéndole en la boca. La viajera Edith Durham recogió una trampa para descubrirla: el Domingo de Pascua se colocaba una cruz hecha con hueso de cerdo en la puerta de la iglesia, y la shtriga que estuviera dentro ya no podía salir.
Las ielele: brujas que bailan
Rumanía también tiene sus brujas hermosas. Las ielele son criaturas femeninas que aparecen de la nada para bailar en las noches de verano. Su baile es tan bonito que está prohibido mirarlo: quien lo ve, enloquece. Son amables si se les habla con respeto; si alguien las molesta, ofrecen agua de una fuente, y el primero que bebe muere.

Comer por los muertos
En el calendario ortodoxo, a pocos días de Halloween, el 26 de octubre se celebra San Demetrio (Sfântul Dumitru). En Rumanía se reparte coliva, trigo hervido con miel y nueces que se bendice en la iglesia y se comparte entre vecinos en memoria de los difuntos. Junto a ella aparecen colaci, el pan trenzado de las fiestas, y, en algunas zonas, plăcinte. La plăcintă es la prima rumana del burek/börek: otra masa fina rellena de la misma gran familia que va de Estambul a los Cárpatos. En los Balcanes, a los muertos también se les recuerda dando de comer a los vivos.

Burekisimo After Dark
Esta historia nos toca de cerca: Eva, una de las fundadoras de Burekisimo, es de Valaquia, la tierra de los strigoi. Por eso este Halloween estrenamos en Instagram Burekisimo After Dark: el diario de Eva, una serie de terror con mucho ajo y algo de masa crujiente. Empieza el domingo 25 de octubre en @burekisimo. Y si te ha picado la curiosidad por la familia de la plăcintă, aquí te contamos en qué se diferencian el burek, el börek, la empanada y el hojaldre.

Fotos del artículo: Wikimedia Commons; autores y licencias en cada pie de foto. Foto principal: castillo de Bran de noche, Julian Nyča, CC BY-SA 3.0.





